15 de marzo de 2016

Te amaré... mientras respire. Capítulo 2

Imagen de portada del ebook

Capítulo 2
“Racer Boy”

“Mi objetivo es frenar, siempre, justo después de las marcas dejadas por los otros pilotos”  
Michael Schumacher

Muy temprano en la mañana, me dirigí nuevamente a la sala de espera del piso 4 con la esperanza de que la "chica arcoiris" ya no estuviera allí. Al llegar, abrí sigilosamente la puerta corrediza, y para mi alivio la habitación estaba vacía. Los pacientes citados para las consultas aún no habían llegado.

Me las arreglé para acercarme hasta la ventana y observar, a través del cristal, la forma romántica como el sol bañaba las calles con su resplandor de oro. Me entretuve por un momento mirando la entrada del pequeño edificio anexo, en el que se hallaban la Sala de Conferencias, el Auditorio, el Archivo principal y las instalaciones educativas en las que se impartían cursos de Enfermería y Gerencia Hospitalaria.

Más al sur, divisé la autopista y la multitud de automóviles que la cruzaban a gran velocidad. Me imaginé manejando alguno de aquellos coches modernos. Me preguntaba cómo sería estar frente al volante y poder viajar de un lugar a otro.

Regresando de mi ensoñación, pensé que sería buena idea ventilar la sala, que tenía un aroma similar al que dejan las velas al apagarse, un olor que atribuí a la chica del libro. Me las arreglé para abrir la ventana. Luego inspeccioné el lugar con la mirada sin encontrar otras "huellas" que hubiera dejado la intrusa. Por un momento, evoqué el instante en el que nuestras miradas se habían encontrado, y sentí un repentino escalofrío que me recorrió la espalda. Había algo desconcertarte en ella, algo intrigante. Me di cuenta de que en el fondo esperaba que hubiera regresado, quería presentarme y tal vez charlar un rato, descubrir cuál era su historia. Incluso estuve pensando qué le diría si la veía de nuevo.

A las 8:00 de la mañana ya me encontraba de camino al área de Rehabilitación. La jefa del servicio era una fisioterapeuta asiática de mediana edad llamada Mei Ling, cuya familia había emigrado de China en la década de los 80.

La secretaria del departamento, una joven de cabello largo y ojos de color azul cielo, ya se encontraba en el mostrador de la recepción. Al verme llegar, me saludó con su simpatía habitual y la sonrisa de oreja a oreja que tanto me gustaba.
—Hola Racer Boy, ¿cómo has estado?

“Racer Boy”, así me llamaban por mi amor hacia las carreras de autos. Por ese entonces, creía que la fórmula 1 era un deporte más importante que el béisbol o el fútbol. Durante mucho tiempo lamenté la muerte del actor Paul Walker, protagonista de Rápido y Furioso, una de mis películas favoritas; y también el accidente sufrido por el campeón mundial Michael Schumacher. No pasaba un día sin que buscara en la red información sobre su estado de salud.

Mi pasión por las carreras comenzó el día que cumplí 8 años. Mi padre me llevó a una pista en la que conocí a un automovilista que se preparaba para realizar su entrenamiento. El joven piloto me invitó a dar una vuelta con él en su superdeportivo. No puedo describir la emoción que sentí al subir al auto. Disfruté cada momento, embriagándome con el sonido del motor y la forma en la que cada vez ganábamos más velocidad.

Desde entonces la mecánica se convirtió en una obsesión para mí. Devoraba todos los libros que podía encontrar sobre el tema: sistema de frenos, suspensión hidráulica, tren delantero, latonería y pintura, cambio de bujías, aceite y filtros. Llené las paredes de mi habitación con docenas de afiches de automóviles que solían venir encartados en algunas revistas especializadas de la época. Mis pósters favoritos eran los de Volkswagen, Jeep y Toyota.

También me gustaba visitar el taller de mi abuelo. Verlo trabajar y ayudarlo con las herramientas era todo un placer. El abuelo era un hombre de carácter afable y modales refinados. Su piel, curtida por el sol, mostraba los signos de un hombre que ha trabajado muy duro durante toda su vida. Lo apodaban "el mago", porque siempre se las arreglaba para conseguir la pieza exacta que le pedían los clientes. Su taller estaba lleno de una amplia gama de repuestos: motores, radiadores, carburadores, parabrisas, con los que reparaba todo tipo de automóviles, desde camiones hasta motocicletas.

Muy raras veces cerraba el taller, pero los días feriados, se quedaba en casa, y entonces nos sentábamos un par de horas a conversar. Se bebía varias tazas de café, mientras me contaba todo lo que sabía sobre la Formula 1 y los pilotos más destacados, entre los que invariablemente mencionaba a sus favoritos: Niki Lauda y Ayrton Senna.

Recuerdo que el primer día que vine a casa en silla de ruedas, el abuelo me llevó al garaje de su taller. Era un lugar al que no permitía entrar a nadie, y en el que se encerraba durante varias horas todos los fines de semana, sobre todo las tardes de los domingos. Lo primero que noté al entrar fue un coche cubierto con una lona gris, ubicado en el centro del amplio local.

—No te preocupes muchacho, ya verás que un día volverás a caminar; te casarás, y saldrás de la iglesia para llevarte a tu esposa en este auto —dijo, procediendo a  descubrirlo a continuación. Era un Porsche 959, el auto de carreras rival del Ferrari F40 de los años 80.
—Se lo compré a un piloto alemán que lo chocó durante una carrera en Malasia. Lo arreglaremos juntos. Haremos que quede como nuevo.

En una destartalada cartelera, colgada en una de las paredes, pude leer algunos datos que el abuelo había escrito con tiza blanca:

Fabricante: Porsche.
Estado: Chocado.
Vendedor: Arthur Humboldt.
Comprador: "El Mago" Villanueva.
Futuro dueño: Andrés “Racer” Villanueva.

Desde entonces el abuelo y yo dedicamos parte de nuestro tiempo libre en arreglarlo. Al cabo de dos años estuvo listo. Lo cubrimos con la lona y lo dejamos allí, esperándome, por si algún día volvía a caminar.

Mi padre nunca conoció el secreto del garaje. Se pasaba todo el tiempo en el hospital, dirigiéndolo. Su carácter pragmático lo había heredado del abuelo, pero en todo lo demás eran polos opuestos. Desde la muerte de mi hermano mayor, debido a un linfoma, se consagró en cuerpo y alma al hospital, obsesionado con la idea de encontrar una cura contra el cáncer. Dedicaba la mitad de sus ingresos a patrocinar los proyectos de investigación más prometedores de la época.

Cuando quedé paralítico, íbamos juntos al hospital todos los días. Con ayuda del abuelo adaptamos una antigua Minivan, para poder subir con comodidad la silla de ruedas a través de una rampa portátil. En el lateral izquierdo habíamos rotulado “Lorenzo”, como forma de homenaje a mi hermano mayor.

Cuando llegábamos al hospital, mi padre se dirigía a la Dirección, que quedaba en el primer piso, mientras yo iba al área de terapia. Diariamente debía franquear el pequeño jardín que daba acceso a las puertas de entrada —en las que los Guardias de Seguridad inspeccionaban el ingreso de los pacientes y familiares, dirigiéndolos a la recepción—. Luego atravesaba la planta baja, que siempre bullía en actividad a esa hora de la mañana. Dejaba atrás la Central de Citas, Banco de Sangre, Cafetín, Farmacia, Laboratorios, oficinas de Trabajo Social y Administración, para llegar al ascensor y subir, dejando atrás los primeros pisos, destinados a las consultas y hospitalización de cada especialidad, hasta que finalmente llegaba a mi destino: el piso 5.

Con frecuencia la gente me preguntaba qué hacía en un hospital oncológico si no tenía cáncer, y entonces les respondía con la verdad: "mi padre es el Director; además contamos con un excelente personal de Fisioterapia. He pasado tanto tiempo aquí que ya es como mi segunda casa".


La novela completa está disponible en:

https://www.smashwords.com/books/view/586549




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